Ciudad BBVA un jardín fortificado del futuro

Concebida por los arquitectos suizos, Jacques Herzog y Pierre de Meuron, el nuevo corporativo de BBVA en Madrid, España, es más que un edificio de oficinas; es una fortaleza del mañana que lleva al límite el concepto y las funciones de la ciudad moderna

Ricardo Donato

Partiendo de la Plaza de Toros Las Ventas, desplazándose nueve kilómetros al norte desde centro de Madrid, el viajero llegará a los barrios de Sanchinarro y Las Tablas. Allí, hercúlea, izándose a 93 metros de altura está La Vela, una torre de forma circular que representa el núcleo de la Ciudad BBVA.

De ella, bien podría decirse que es un “espacio otro” foucaultiano o acaso un capítulo apócrifo de Las ciudades invisibles de Italo Calvino. Con la salvedad de que no es literaria ni fantástica, pues pasó de la imaginación de sus dos demiurgos, los suizos Jacques Herzog y Pierre de Meuron, a una monumental realidad que ilumina el skyline de la capital española.

Su diseño retoma el trazo de las ciudadelas del pasado, medievales, romanas, persas, coloniales. Afuera un “desierto urbanístico”, solares, autopistas, fábricas y terrenos baldíos; adentro, el corporativo amurallado del mañana, el “paraíso de los trabajadores”, escriben Herzog y de Meuron en el artículo “Un edificio singular y una ciudad polifacética: BBVA Madrid, un lugar de trabajo para el futuro” (Reinventar la empresa en la era digital, BBVA-Turner, 2014).

Al llegar, el viajero estará frente a una enorme fortaleza: un refugio privado de 114 mil metros cuadrados que protege a más 6 mil empleados de la narrativa frenética de la gran urbe.

Un espacio cosmopolita
África, Europa, Asia, Oceanía, Antártida, América del Norte y del Sur son los nombres de los siete inmuebles de oficinas que integran este corporativo. En conjunto, suponen el 83 por ciento de la superficie construida y fueron erigidos pensando en facilitar la “conexión visual” entre ellos.

“Los espacios interiores y exteriores se solapan: el límite entre ellos se difumina. Se puede mirar a través del complejo desde un extremo hasta el otro”, subraya la dupla Herzog-de Meuron. Su geometría, prosiguen, emula la estructura de los jardines árabes, “una alfombra de edificios de tres alturas”, donde abundan desniveles, áreas verdes, plantas colgantes y fachadas transparentes.

En un futuro lejano, cuando la fortaleza sea devorada por la mancha urbana o la propiedad privada desaparezca de la faz de la tierra, el viajero ingresará libremente para habitar cada uno de sus espacios. Liberada al fin, podrá recorrer sus cinco avenidas principales: Atlántico, Mediterráneo, Pacífico, Caribe e Índico.

Cada una de estas arterias desemboca en un mismo punto de encuentro: la plaza central, donde se iza La Vela. Rodeada por un anillo peatonal de 400 metros de longitud, que conecta el resto de los edificios entre sí a través de ocho escaleras helicoidales, “simboliza a la comunidad” y “es una especie de plaza de toros”, destacan los también artífices del famoso Estadio Nacional de Pekín.

Sus dimensiones son similares a las del ruedo de Las Ventas (100 metros de diámetro), en un claro homenaje a ese elemento tan emblemático de la cultura y arquitectura española: la plaza de toros. Este tipo de construcciones “se encuentran tanto en grandes como en pequeñas ciudades por toda España, y a menudo reciben el nombre de Plaza Mayor”, indican sus creadores.

Este elemento explica la silueta de La Vela, pues es como si el espacio cóncavo del terreno bajo girara en vertical para convertirse en una torre esbelta y ovalada de 19 pisos. La estructura del rascacielos es sencilla: “un núcleo central con ascensores y servicios, con un espacio a la derecha y la izquierda, destinados, idealmente, a espacios de trabajo abiertos. No es común poder mirar hacia fuera simultáneamente a través de las dos fachadas opuestas de un edificio de gran altura”, apuntan los suizos.

Allí, en lo más alto de La Vela, la intención es clara para el viajero: no está en un corporativo de oficinas cualquiera, sino en un  colosal y sui géneris inmueble, en donde cada espacio y elemento arquitectónico es tan sólo una parte de un mismo cuerpo.

Del corporativo de oficinas  a la ciudad-jardín
En su ciclo de conferencias radiofónicas, compiladas posteriormente bajo el título De los espacios otros, Michel Foucault argumentaba que toda sociedad, antigua o moderna, no era más que la producción de un conjunto de heterotopías. El término se diferencia de la utopía (“no-lugar”, en griego) porque alude a la construcción de “espacios reales y efectivos”, los cuales se superponen a lo largo del territorio y el tiempo.

En las metrópolis modernas, estos sitios son contiguos y opuestos entre sí, tantos en sus principios como en las funciones y fantasías sociales que realizan: la iglesia frente al palacio de gobierno; el rascacielos junto a la casona barroca; teatros, plazas comerciales, bancos y jardines, al lado de ferias, hospitales, cementerios y prostíbulos.

De entre todas las heterotopías, sostiene el pensador francés, las más inquietantes son aquellas que fungen como “contra-espacios”, es decir, lugares que impugnan o perturban de forma tangible, extensa y verificable una porción de la realidad. Es la sala de cine en cuya pantalla se proyecta la ilusión de una tercera dimensión o el jardín que deviene múltiples espacios (una cancha de fútbol, un castillo medieval o un fuerte de apaches) en los juegos infantiles.

La fortaleza BBVA tiene mucho de “contra-espacio”, pues no sólo reformula el concepto de ciudad, sino que además representa un microcosmos urbano, una imagen especular, más perfecta y eficiente, que la de todos aquellos lugares cuya promesa de goce es carcomida diariamente por el fracaso de la megalópolis moderna (embotellamientos, contaminación, basura, inseguridad, estrés, etcétera).

De entrada, reniega del caos citadino para instalarse a las afueras de Madrid, en el “desierto urbanístico”, en una zona semi-despoblada, cerca del aeropuerto.

Las Tablas, señalan los arquitectos, “es una de las muchas áreas de expansión urbanística alrededor del área metropolitana resultantes del auge económico y la burbuja inmobiliaria”.

Sus autores, además, proyectaron un espacio sobre otro ya existente, como en un juego de niños. “Pero no era un solar vacío… Lo conformaban ocho edificios de tres plantas, alguno de los cuales ya tenían la fachada montada […] eran de naturaleza especulativa y habían sido construidos para su venta o alquiler. En términos urbanísticos, eran bloques aislados separados por calles”.

Las metáforas acuáticas y la elección del jardín que inspiran su diseño tampoco son gratuitas: junto al navío que atraviesa los mares o las comunidades utópicas que refundan la sociedad desde cero, el jardín árabe representa la heterotopía más “feliz y universalizadora”, “la más minúscula porción del mundo y además la totalidad del mundo”, escribe Foucault.

Aparte de la reutilización de las estructuras previas, el complejo en su totalidad se basó en los principios de la arquitectura pasiva. Esto significó incorporar los criterios de sostenibilidad como parte integral del proceso de diseño, lo que afecta a cada decisión, desde la composición de los edificios hasta los detalles técnicos Jacques Herzog y Pierre de Meuron

Sostenibilidad y permanencia
Para Herzog y de Meuron, ambos discípulos del arquitecto italiano Aldo Rossi, la esencia de la arquitectura radica en su permanencia: los edificios, aseguran, deben ser versátiles, perdurables en el tiempo. ¿Qué será de la fortaleza BBVA dentro de mil años? ¿Se modernizará y reformulará con cada siglo que pase, seguirá en pie todavía?

Frente a las inscripciones del pasado que revisten sus inmuebles, al viajero le acomete entonces una sensación de extrañeza: certificación LEED Oro del U.S. Green Building Council (USGBC) o el complejo de oficinas más grande de Europa iluminado con tecnología LED. O quizás de vértigo ante la marejada de logros: 49 mil metros cuadrados de fachadas acristaladas por 2 mil 800 lamas; 40 por ciento de ahorro en consumo de agua potable gracias a reutilización de aguas grises y pluviales para riego; 31 mil metros cuadrados de zonas verdes; cubiertas de alta reflectancia para reducir la temperatura del edificio hasta en 4 grados centígrados; ahorros de hasta 60 por ciento en el consumo energético gracias al control de luz natural y detectores de presencia, entre otros.

Y es que, para los arquitectos suizos, la sostenibilidad es la médula de la arquitectura contemporánea, la mejor garantía para la permanencia y habitabilidad de las edificaciones del mañana. Una noción que, por supuesto, define a este corporativo: “aparte de la reutilización de las estructuras previas, el complejo en su totalidad se basó en los principios de la arquitectura pasiva. Esto significa incorporar los criterios de sostenibilidad como parte integral del proceso de diseño, lo que afecta a cada decisión, desde la composición de los edificios hasta los detalles técnicos”, explica la dupla.

Su objetivo fue reducir al mínimo el consumo de energía y, “a continuación, cubrir las necesidades restantes con recursos sostenibles”, protección solar, agua potable, electricidad. Pero el énfasis va más allá de parámetros técnico-ecológicos, “de paneles solares, eficiencia y valores energéticos. Tiene que ver con el sol, la sombra, el sonido, los materiales”, indican Herzog y de Meuron. En otras palabras, tiene que ver con las personas y la forma en la que hacen suyo cada espacio.

Radicales, sus dos demiurgos han llevado su postura hasta las últimas consecuencias. Algún día, rematan en su texto, esperan que la Ciudad BBVA sea engullida por la metrópolis madrileña y devenga un barrio más, con departamentos, callejuelas, museos, iglesias, restaurantes, bares y mercados. Quintaesencia heterotópica, el viajero, de momento, sólo puede habitarla a través de recorridos imaginarios.

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